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La ciudad no es una hoja en blanco
Josep Parcerisa i Bundó Maria Rubert de Ventós

Second edition
Edicions LUB
2014
ISBN 956-14-0614-4
191 págs.

17x 21 cm

 

 

 

 

 

        Una hoja en blanco es la metáfora del momento inicial en el cual el arquitecto se enfrenta a un objetivo sin otras armas que el bagaje y la intuición. El proyecto de un edificio va tejiéndose en los dibujos como una representación que anticipa la realidad futura. El conjunto de planos adquiere la condición de proyecto gracias a su interconexión, describiendo las relaciones espaciales entre funciones, estructura, materiales, etc. Dibujados sobre hojas vacías, los planos cuentan esas relaciones intrínsecas porque tienen la misión de desarrollar una idea. Sin embargo, los proyectos de los edificios también consideran el suelo donde se plantan y el entorno donde crecerán. Ambas condiciones se reflejan en algunos de los planos, ahí donde la arquitectura, para tomar forma, debe trabajar con algunas determinaciones externas e intrínsecas al lugar.

        Para los edificios que se encuentran en lugares muy especiales, la condición contextual es un dato de mayor relieve. Para los proyectos llamados urbanos esa condición tiene más sentido, porque los planos dedicados a contar como lo nuevo se encontrará o sustituirá lo existente, son más protagonistas. También resulta más complejo comprender el alcance de las determinaciones de los planos, porque los límites entre lo que se propone y lo que se sugiere, entre el dictado y la inducción, son a menudo y necesariamente más inciertos. Finalmente, y para la acción urbanística strictu senso, éstas cuestiones se suman al relieve, la memoria y la vida, y son tan centrales que distinguen de un modo particular la acción del arquitecto en este campo.

        Sea cual sea la intensidad del compromiso urbanístico de la arquitectura, la ciudad es el lugar en el que los edificios trascienden su individualidad, allí donde distintas piezas adquieren en su proximidad, nuevo sentido y belleza. En la ciudad los proyectos urbanos y estructurales pueden encontrar la forma y el encaje que los hagan admirables. La ciudad consigue así dibujar de otro modo la geografía que la perfila porque toda ella es por excelencia un gran paisaje.

         La ciudad es un gran registro de sucesos. Las generaciones que nos han precedido han dejado ahí grabado su talento, sus contradicciones y sus limitaciones. Siempre fue así y es necesario que así sea en adelante: en este sentido, “la ciudad es un libro abierto”. Pero es preciso recordar que el urbanismo no es el fruto talentoso del buen salvaje enfrentado con su pluma ante una hoja en blanco, ni se hace con la aplicación abstracta de ideas genéricas, pesando como losas. A menudo, los proyectos ignoran que la ciudad es fruto de equilibrios precisos y a veces la capacidad creciente, tecnológica y de gestión, puede producir estragos. Hemos sido testigos de intervenciones de gran dimensión o compromiso, que forcejean contra la ciudad que las acoge, que abusan de sus recursos o que se aprovechan de ella.

        Hay que invitar al conocimiento de aquellos antecedentes que han construido la ciudad que pisamos y fomentar las lecciones que derivan de sus conflictos y compromisos. La ciudad es una hoja, ciertamente una oportunidad siempre renovada de proyecto, pero una hoja cargada de rasgos adquiridos.

         El libro se organiza en unos pocos capítulos, cuatro, heterogéneos entre sí pero que consideramos necesarios por distintos motivos. Desde nuestro punto de vista, las calles siguen siendo el elemento primordial de la urbanística. Como nos enseñó Lavedan, hacer ciudad es hacer calles públicas. Puede ser una visión quizás elemental pero sin duda razonable. Pensar y hacer calles es un asunto ancestral, clásico y recurrente de nuestra civilización; no puede ser un asunto residual en nuestro tiempo. Es más, estamos persuadidos de que en el siglo XXI, para muchas ciudades y en contextos muy distintos, abrir calles y avenidas será decisivo si aspiramos a sociedades más igualitarias, más articuladas, más integradoras, con un futuro más abierto. Por eso las lecciones de urbanística pueden empezar por la calle, preguntándonos como son, como podrían mejorar, como podrán ser. Los programas de reforma y crecimiento deben incorporar el proyecto de las calles públicas.

         Calles y manzanas construyen complementariamente una figura, son la ciudad en blanco y negro como nos enseñó a ver Colín Rowe. Las manzanas son los recipientes tradicionales de la ciudad; más precisas y perfectas cuanto más elaborados fueron los proyectos de ciudad a los que correspondían. Durante siglos encerraron en sus muros casas, tapias y todas las actividades de la ciudad, como ha observado Richard Sennett. Sin embargo, durante la primera mitad del siglo XX, la cultura contemporánea, enfrentada al hacinamiento, volteó esa idea e introdujo otra mucho más expresiva y compleja: la manzana abierta y especializada funcionalmente, al hilo de las discusiones sobre la vivienda y sus formas de agregación para los mínimos niveles de vida. Ahí a menudo la manzana urbana zozobró, de la mano de las densidades decrecientes y del pánico a la vecindad del otro y con ella entró en crisis la idea misma de ciudad. Ese itinerario debe ser reconocido para ayudarnos a abrir nuevos horizontes. Conviene preguntarse si en la ciudad futura, capaz de soportar cambios velocísimos en las formas de producción, distribución y consumo de bienes y servicios, es posible levantar nuevos proyectos desde la idea de manzana urbana compacta con integración de usos.

         La ciudad como un hecho histórico mira siempre hacia su fundación, hacia ese tiempo y ese lugar en donde todo empezó, aunque sus latidos se escuchen a menudo en otros lugares. Fundación y corazón no son lo mismo, pero ambas imágenes abren la mirada a una idea: las ciudades guardan lugares singulares en los que cristaliza su cultura y que deben ser comprendidos como tales. Lugares que difícilmente pueden reducirse a una geometría o a una forma. Las plazas, las grandes plazas públicas, merecen una atención particular porque resumen la identidad de las sociedades que les dieron origen. Ahí se impone aprender de lo sublime con ejemplos de todas partes. Los arquitectos debemos estar pendientes de la sociedad que pisamos: conocer sus posibilidades, su complejidad y adivinar sus anhelos para proyectar también sus representaciones imaginarias, los lugares que cristalizan los sentimientos colectivos, los espacios que resumen la fuerza cívica, como tantas veces ha sabido entender Rem Koolhaas en sus proyectos.

         El último capítulo es una incursión sobre el significado conjunto de la ciudad. Para ello se precisa representarla de nuevo como método indispensable para poder conocerla. El dibujo es nuestra más poderosa forma de expresión y con él podemos transmitir una imagen sobre una ciudad conjunta. Incluso la ciudad metropolitana, por tantas razones gigantesca, tiene un rostro, unas facciones propias características y particulares en cada caso. En sus rasgos se mezclan la geografía, los trazados y las referencias monumentales en el sentido que Aldo Rossi acuñó. La ciudad aparece así como la mayor dimensión en la que los órdenes se comprometen en un equilibrio de proximidad, variedad y densidad siempre especifico y diverso. Hoy el urbanismo de las ciudades encuentra ahí el mayor escenario de la representación de la vida social, del mismo modo como desde hace más de un siglo cada sociedad ha elaborado propuestas de nueva ciudad entendidas como horizonte de referencia más o menos ideal.

         Con este capítulo se cierra el libro como si terminase un curso. Quizás porque en su origen se encuentra nuestra experiencia docente durante más de una década, hemos querido reforzar cierta neutralidad próxima al modo como se organizan los libros académicos y alejarnos de la lógica de un ensayo. El proceso de aprendizaje en urbanismo precisa contar con un amplio sistema de referencias. Para intervenir en la ciudad es preciso organizar los saberes, construir argumentaciones; distinguir síntomas de causas y a veces convertir anécdotas en categorías y a la inversa. La transformación y crecimiento positivo de la ciudad, a ciertas escalas y dimensiones, necesita razonamientos que adquieren solidez conociendo experiencias análogas y a menudo lejanas. Por ello nos ha parecido eficaz dar voz directamente a diversos autores ahí donde son significativos.

        Se han incluido algunos ejercicios para transmitir por la vía de los ejemplos lo que se quiere contar; para dejar entreabiertas las cuestiones fundamentales: ¿cómo mirar con otro interés cosas y lugares que quizás siempre se han visto? ¿Por qué no colocarse en la plaza, esa cruzada infinidad de veces, y pararse hasta escucharla, observando el comportamiento de los transeúntes como si atesorasen información privilegiada? Debemos preguntarnos ¿cómo esa parte de la ciudad o del territorio pudiera mejorar? El ejercicio del urbanismo se dirige a transformar lo que se conoce. Hay que aprender a sentirse interpelado, arriesgar juicios de valor, imaginar cambios. Se necesita la visión y la iniciativa personal: ¿cómo despertar el interés por las sensaciones posibles y las audacias imaginables?

        El libro ha tomado forma gracias a la invitación de Montserrat Palmer a compartir una experiencia transmisible para sociedades como las latinoamericanas, donde la ciudad y el territorio tienen en su crecimiento, estructura y fundación claves de lectura próximas. Es inevitable que se aprecie el sesgo europeo, o si se quiere continental y latino. No tendría sentido proponernos presuntuosamente utilizar un sistema universal, equilibrado y homogéneo de referencias. ¿Existe? El lector encontrará los ecos de la proximidad de Barcelona, entendida la ciudad como un libro abierto y próximo del que aprender y con el que enseñar, tal como Manuel de Solà-Morales ha insistido tan a menudo en la Escuela. Con ello esperamos animar a los lectores, estén donde estén, a ejercer ese sentido profundamente enraizado del aprendizaje respecto a la realidad más próxima.