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Las formas de crecimiento urbano
Manuel de Solà-Morales i Rubió

Edicions UPC, 1997
ISBN 8483011972, 9788483011973
196 págs.

 

 

 

         La iniciativa del Servei de Llengua i Terminologia de la Universitat Politècnica de Catalunya de editar el programa histórico del curso de Urbanística I en forma de libro, me produce como autor la satisfacción de ver la permanencia de un guión pedagógico que parece mantener a lo largo de los años la mayor parte de su virtualidad, pero también me plantea la dificultad de decidir exactamente el carácter que el texto pueda tener veinte años después de su primera redacción.

         Este programa nació para introducir a los estudiantes de Arquitectura a un conocimiento de la ciudad coherente con las herramientas metodológicas de su profesión: la actitud proyectiva, la observación y la valoración de las formas, la costumbre de relacionar imagen y funcionamiento, etc. La exigencia de racionalidad que, como palabra mágica planeaba en aquellos años sobre cualquier discusión de arquitectura, que ni para los behavioristas americanos (Lynch, Venturi, Alexander) ni para la tendenza italiana (Grassi, Rossi, un poco diferente Gregotti) no se podía reducir a la intuición individual ni a ninguna forma de subjetivismo condenable, llevaba, al final de cualquier debate, a la difícil relación teórica entre análisis y proyecto. El esfuerzo para dar un estatuto científico a la arquitectura y huir de opciones estilísticas que desde el funcionalismo se rechazaban por caducas, y el esfuerzo por huir también de una lógica funcionalista estricta que la crítica marxista quería sin duda sobrepasar, llevaba a confiar al momento analítico de la arquitectura y de la ciudad la condición de su racionalidad científica, es decir, de su legitimidad epistemológica.

         Especialmente Aymonino y Rossi defendieron, basándose en los trabajos de Muratori, el análisis tipológico de las edificaciones -en paralelo con los volúmenes enciclopédicos de Pevsner y los inventarios de los alemanes-, con la voluntad de distanciarse de la visión behaviorista de los americanos, de los sociólogos de la urbanización, o de otras visiones más idealistas, como las que podrían representar Boudon o Ryckwert, y tambien a cierta distancia de la única crítica histórica que, a cualquier precio y en todas partes, quería introducir Tafuri.

         Ya en los años 1968-1970, habíamos traducido por primera vez en el Laboratori a Gregotti, Aymonino, Rossi y una larga lista de artículos que eran inalcanzables (Moneo presentaba teóricamente la discusión de la idea tipo en el año 1974 en Oppositions). Pero el programa de Las formas de crecimiento urbano supone precisamente la voluntad de abrir el análisis urbano a un campo más amplio que la estricta observación morfotipológica. El análisis del crecimiento urbano de Barcelona hecho para el Concurso de Ideas contra el Pía de la Ribera1 fue la ocasión para concretar muchas de las primeras intenciones. El programa de Urbanística I que elaboramos muestra, visto hoy, su originalidad más propia en el hecho de buscar -al margen de recoger aportaciones muy variadas tanto en la geografía humana y social, como en las clasificaciones tipológicas de la arquitectura y en las explicaciones de la historia económica- un estilo especifico de análisis para proyectar la ciudad. La búsqueda de un terreno teórico propio de lo urbanístico, hermano de lo arquitectónico, influido por lo económico y lo histórico, pero relativamente específico en sus niveles de reflexión y de propuesta, se pone de manifiesto en el enfoque que cada tema del curso da a cuestiones que, nominalmente, también podían ser explicadas desde otras ópticas con conclusiones, sin embargo, bastante alejadas.
Incluso el urbanismo entendido como práctica jurídico-administrativa se veía, ya entonces, a absoluta distancia del planeamiento, y sus planes establecidos en la normativa oficial eran considerados solamente como mecanismos externos al razonamiento propiamente urbanístico, igual que otras prácticas sociales como la especulación del suelo, las preferencias residenciales o las costumbres del pequeño comercio.

         La especificidad de la urbanística nunca era entendida como una diferencia profesional respecto a la arquitectura, ni mucho menos como una propuesta pluridisciplinar. Al contrario, la pretensión, tan en voga entonces, de un urbanismo como mezcla de diferentes disciplinas equilibradas en la misma proporción en que se decía que las ciudades mezclaban sus diferentes problemas- la he combatido siempre, ya desde mis tiempos de estudiante en Harvard. En aquellos años 70, cuando el cebo de una carrera de urbanística a la inglesa (el planner) deslumbraba a tantas cabezas preclaras, cuando en Venecia los hijos espirituales de Samoná y de Rogers establecían un currículum y una escuela separada para la urbanística, y cuando los cursos de la IEAL pretendían la patente del urbanismo profesional, nosotros publicába­mos La enseñanza del urbanismo donde, después de comparar los programas de estudio del resto de mundo, tomábamos posición indis­cutible contra la interdisciplinariedad y a favor de la ampliación en profundidad y por separado de los respectivos estudios urbanos: en nues­tro caso la proyectación urbana.

         En este contexto, la voluntad de organizar un análisis urbano propio para arquitectos constituía un objetivo teórico, pedagógico y meto­dológico principal. Desde su origen en 1969, la cátedra de Urbanística y la formación del Laboratori d’Urbanisme como grupo de investiga­ción se orientaron, pese a su modestia, a elaborar aquellos elementos de una teoría, hasta entonces inexistente, sobre la forma urbana pro­yectada; elementos que pudiesen pretender una justa colocación de la proyectación urbana -ni diseño urbano ni planeamiento urbanístico, campo incierto desde principios del Movimiento Moderno.

         El programa de Las formas de crecimiento aporta, como óptica propia para el análisis urbano, la estricta obligación de discutir el creci­miento de la ciudad en sus alternativas de forma, las relaciones de las formas físicas donde la influencia de sus contenidos sociales y econó­micos es importante pero no exhaustiva, y la lectura de los elementos urbanos (calles, casas, solares, servicios, centros) como materia sus­tancial de la teoría. Quiere ser un método racional de comprensión de la forma urbana, lejos del pseudocientificismo numérico de la llamada «Información Urbanística» -resumen de datos bastante inútiles en las memorias de los planes-, y en cambio atento a las causas del creci­miento, a las diferencias con que este crecimiento se produce y a las formas alternativas que, en consecuencia, resultan o pueden resultar.

         Entre las causas del crecimiento urbano el programa trata, con cierta voluntad explicativa, de las inmigraciones demográficas -desequili­brios regionales- y la industrialización. Éstos son los fenómenos clásicos que las ciencias sociales han determinado como origen de todo proceso moderno de urbanización. Hay en esta explicación una inercia del determinismo economicista que impregnó toda la teoría de la urbanización entre los años 1960 y 1980. Las grandes explicaciones de la historia económica, desde que ésta abandonó las corrientes cul­turalistas -Spengler, Max Webber, Dewey, Compte, Durheim-, han adoptado la cadena conceptual «industrialización-migración-urbaniza­ción» como paradigma causal de una secuencia casi indestructible. El pensamiento marxista sobre el desarrollo económico capitalista (Sweezy, Dubb) y también los historiadores liberales del capitalismo español (Vicens Vives, Nadal, Giral, Tortella) no salen, quizá incon­scientemente, de este marco axiomático aceptado sin discusión. Y el texto supuestamente tan radical de La question urbaine del sociólogo Castelís busca la más fuerte demostración de este determinismo social que priva al proceso urbanizador de toda autonomía -en lo que son ideas formales, de iniciativa, en lo económico y especifico local, en lo geográfico- para reducirlo globalmente a expresión inveterada de gran­des procesos sociales determinados.

         Nuestro programa del año 1971 no distaba tanto de esta actitud, ni era directamente polémico con ella como lo somos hoy nosotros, o como lo hemos sido en los años sucesivos a su redacción. En parte, reconoce a las explicaciones causales del crecimiento urbano un peso especifico; sin embargo, se encarrila desde el principio hacia descripciones comparativas según tipos de ciudades, según diferencia de las partes urbanas, según la incidencia variable de las infraestructuras, etc.

         Aún así, la aportación hacia una visión más disciplinaria del crecimiento de las ciudades está en el hecho de colocar las políticas de fomen­to, el planteamiento y el mercado del suelo como causas inmediatas del crecimiento, pero no como parte del urbanismo: causas específi­cas o previas, pero no mecanismos racionalizadores, correctores o explicativos como desde una óptica administrativa se tiende a presen­tarlos. Tanto el interés del beneficio privado como la utilidad del control público son en si mismos factores externos que a menudo consi­guen distorsionar, más que orientar, la lógica proyectual del crecimiento urbano.

         Es decir, se está apostando por un enfoque microeconómico del crecimiento urbano (debería llamarse microurbanístico, no por la esca­la dimensional, sino por analogía con las lógicas de la teoría microeconómica) en el cual todo factor globalizante aparece como extraño y excepcional, y donde la idea del proceso urbano se asimila bastante al funcionamiento liberal-competitivo de las diversas formas urbanas, en un tejido que resulta a posteriori imagen expresiva de su lógica de formación:

         También está claro que esta idea de la forma urbana múltiple -donde la variedad de los elementos y los procesos es el material que debe conformarse en secuencias y episodios significativos- no supone asumir un comportamiento precisamente liberal y competitivo de los sujetos sociales que la integren o de la sociedad humana que se mueve en ella. No. Es ésta una teoría de la pura forma física, en la que los elementos son las unidades de forma (tipos edificatorios, parcelas, calles, infraestructuras), y los procesos individuales son los diferentes mecanismos de actuación, construcción, propiedad, uso y transformación que van siguiéndose a lo largo del tiempo2.

         Morfología-tipología forman un eje de dualidades al cual se pueden referir las formas de las diferentes partes de la ciudad, según las carac­terísticas arquitectónicas y constructivas de la edificación, con un argumento conceptual poco conocido. Pero si en los trabajos de Ross¡ y de Aymonino, o en los de Panerai y Castex, estas dos categorías parecían suficientes para analizar la arquitectura de las ciudades, me pare­ce, todavía hoy, que una explicación estructural más completa de la forma urbana- en sus partes y en conjunto, en los proyectos y en la his­toria, en sus momentos brillantes y en sus zonas vulgares, en sus resultados pero también en sus procesos- necesita reconocer la impor­tancia de las formas infraestructurales (los trazados viarios, las redes de servicio, los márgenes de agua, los nudos de comunicaciones, los grandes accesos) como formas independientes -en el proyecto, en su ejecución y en su funcionamiento- de las formas parcelarias que, mor­fológicamente, configuran el diseño del suelo con toda la variedad de formas, sistemáticas o casuales, compuestas geométricamente o a veces por repetición, o tributarias aún de las situaciones topográficas, agrícolas y catastrales precedentes. Y que, por tanto, visto más bien desde el proyecto que desde el reconocimiento geográfico, el concepto de morfología se ha de aclarar distinguiendo las formas de la infra­estructura de las formas del parcelario.

         Miradas de esta forma, las diferentes maneras de organizar calles, solares y casas -infraestructuras, parcelas y tipos- son formas de Urbanización, Parcelación y Edificación que, en sus diferentes combinaciones, dan lugar a las formas urbanas. Y entender la forma urbana, en toda su variedad, significa entenderla como resultado de ideas y proyectos sobre «la forma de la Urbanización + la forma de la Parcelación + la forma de la Edificación», cada una de ellas sujeto de ideas y proyectos propios, con ritmos de ejecución diferentes, con momentos de origen diferentes y ámbitos de escala también diferentes, pero que a veces también pueden ser unitarios. Y este entendimiento nos puede dar la clave para entender, clasificar y valorar la totalidad de las formas urbanas aparentes, y también para orientar la naturaleza de los proyectos urbanos adecuados para cada ocasión. La descomposición conceptual de la Forma Urbana -un concepto simpático para todo el mundo, pero hasta ahora prácticamente inútil por su extensión y vaguedad- en tres niveles de Forma superpuestos -de la Urbanización, de la Parcelación y de la Edificación- diferentes entre sí, con leyes y razonamientos propios de su lógica, con ritmos y condicionante social e histórico diferentes, con diferente impacto visual y estético, proyectados a veces conjuntamente y a veces con total independencia, es un paso analítico que, aunque paga el precio que el esquematismo necesariamente comporta, abre, en cambio, una luz teórica importante para el conocimiento y la proyec­tación de unas formas -las de la ciudad como tal- que, si no, caen demasiado a menudo en un tratamiento simplemente subjetivo o literario.

         Éste es el molde del curso y el fondo elemental de un pensamiento analítico sobre la ciudad que a lo largo de estos años parece haber producido, en la eficacia de su esquematismo, el fruto de la simplicidad en el bien entender la ciudad que los arquitectos que han salido de esta Escuela han demostrado en la mayoría de sus intervenciones urbanas más comprometidas.

         Es verdad que, metodológicamente, este camino es deudor del presupuesto estructurista de los años 70 consistente en la definición siste­mática de unos conceptos y en la confianza en la articulación de los conceptos como generatriz del conocimiento. Es verdad, también, que lo que en su momento fue criticado de como meramente descriptivo (es decir, no estructuralmente explicativo), podría serlo hoy, contrariamente, como sobredefinido. No obstante, pienso que establecer el puente entre las formas urbanas teóricas y sus márgenes de libertad -o de indeterminación-, esclarecer sus diferencias y alternativas, señala con bastante justicia el campo y la escala de opcionalidad para el proyecto urbano y, por tanto, para la intervención profesional del arquitecto en la ciudad, con objetivos urbanos específicos y no sólo edificatorios.

         La misma idea de «arquitectura de la ciudad» se defiende aquí de manera bastante diferente a como ciertos epígonos de la tendenza la han interpretado, sin concesiones al oportunismo de «reducir los problemas de/a forma urbana a los estrechos límites de/profesionalismo. Yo creo que hay una arquitectura de la ciudad que no es la de sus edificios individuales, ni tampoco los proyectos de los espacios yacios, sino que está en la articulación formal de sus partes»3.

         El énfasis puesto sobre las formas de crecimiento como momento de la producción de la ciudad, que es a la vez momento en la produc­ción de la ciudad, es un enroque conceptual, típicamente althuseriano, del cual, pese a todo, me atrevería a defender la actualidad teórica. Rodeándolo hoy de otras razones pero con la misma energía para precisar el dónde, el cuándo y el cómo puede el arquitecto hacer ciudad en sentido general. El arquitecto como proyectista -es decir, como configurador- de las formas del crecimiento urbano, queda bien enten­dido como engranaje dentro del sistema productivo de la ciudad, pero también como factor independiente que genera por sí mismo el cre­cimiento, tal como la forma es en parte resultante externa y en parte autónoma. Comprender bien esto ahorraría muchas horas y páginas inútiles de debate banal sobre la dicotomía plan-proyecto y muchos descubrimientos de dificultades teóricas, que sólo la ignorancia puede presentar como nuevos y mediterráneos.

         No es tan fácil -teórica y prácticamente- tomar la ciudad como campo de proyectos (las experiencias municipales de los últimos diez años lo demuestran ampliamente) siempre que no se acepte la miseria intelectual de reducir a maquillaje o a expoliación todo el sentido de la arquitectura de la ciudad. Las formas urbanas ejemplares demuestran hasta qué punto es necesario el proyecto, la idea y la innovación a la hora de hacer ciudad; tan necesario como inseparable de otras cuestiones con las cuales el arquitecto urbanista ha de aprender a tratar: la topografía, la propiedad, la coexistencia de formas controladas y formas indecisas, las diferentes formas de accesibilidad, y el tiempo -¡ah el tiempo!-, principal material y principal objeto de la construcción de la ciudad. «Como en el baile, toda la cuestión está en medir bien el tiempo mediante el espacio. Como los que bailan, describiendo figuras y distancias con formas que representan el ritmo -los pasos del tiem­po musical-, la creación urbanística ha de atreverse a dar forma al tiempo con los materiales físicos del espacio urbano»2.

         El estudio de los ensanches -grandes y pequeños-, a los que el Laboratori d’Urbanisme ha dedicado tanta atención, la interpretación de las coreas o urbanizaciones marginales, el inventario de los polígonos de vivienda en el área de Barcelona, las repetitivas lecciones y ejer­cicios sobre ciudad-jardín y parcelaciones unifamiliares (en la cabecera, el libro de Unwin), la edificación suburbana, Gracia, la Barceloneta, son paradigmas tan constantes e insistentes.que han acabado pareciendo conceptos conocidos por los estudiantes, incluso antes de empe­zar el curso. Como un vocabulario de cada día, que ya no hace falta explicar porque es del dominio común, porque ha aprovechado el paso agradecido de veinte cursos para perder el acartonamiento teórico que el programa funcional necesariamente tenía, hacia la naturalidad y el tono convencional con el que hoy se habla.

         Ahora los programas de nuestros cursos de Urbanística pueden orientarse más directamente al proyecto urbano como campo de discusión y de ejercicio. La experiencia de los últimos veinte años en muchas ciudades europeas y americanas ha dejado más claro el campo y la importancia del proyecto urbanístico, como propuesta integradora entre las formas urbanas y las arquitectónicas.Experiencia que destaca todavía más la necesaria simbiosis de las diferentes escalas de actuación y de razonamiento que se conjugan en las intervenciones urbanas significativas, y por descrédito de aquéllos que -por comodidad o rutina- preferían tenerlas como niveles sepa­rados.

         Me parece que un objetivo teórico principal para la proyectación urbana es superar las limitaciones que las versiones más simplistas del paradigma tipología-morfología han producido como fórmula de aplicación insulsa. En este sentido, el reconocimiento de una nueva parce­lación de acuerdo con las actuales formas de promoción, el estudio del orden abierto derivado del movimiento moderno como un meca­nismo compositivo casi inexplorado, la tendencia dominante hacia el edificio grande y aislado como un tipo casi obligado, el interés pro­yectual del diseño arquitectónico de las grandes infraestructuras y de las construcciones de servicio, etc., son los temas piloto de los cur­sos actuales, porque creemos que son hoy los temas críticos del urbanismo real. Los viejos entramados de la tipología-morfología se han de ejemplificar ahora con lazos nuevos y más complejos, pero también suficientemente resistentes y tirantes.

         Ésta es una temática intrigante, llena de agujeros y de cuestiones dudosas, en las cuales, sin embargo, nos jugamos la forma de las ciu­dades en los años venideros, donde nuestras tesis estarían más por una arquitectura y un urbanismo de articulación de las diferencias -como propósito formal predominante- que no por la reivindicación municipal y por la reconstrucción morfológica que han caracterizado la urbanística desde 1968 hasta hoy.

        En esta reedición del programa hemos añadido los textos de algunos escritos contemporáneos que lo desarrollan y que pueden servir para comprender mejor su contenido. Son textos que resumen estudios de investigación u opiniones que actualmente son bibliografía pro­pia del curso y que muestran cómo este curso ha sido la matriz de todo un conjunto de trabajos. Estos artículos no figuraban obviamente en el programa original porque no estaban aún escritos.

         Los anexos de bibliografía del LUB ilustran hasta qué punto este programa ha sido la base de un trabajo colectivo. Joan Busquets, Juli Esteban, Amador Ferrer, Antonio Font y José Luis Gómez Ordóñez fueron sus colaboradores iniciales, en la investigación y la docencia, durante el curso 1971 -72. Después, Enric Serra, Eduard Bru, Rosa Barba, Miquel Corominas y Joaquim Sabaté dieron su aportación perso­nal al programa. La tesis doctoral de Busquets sobre las urbanizaciones marginales de Barcelona y la de Amador Ferrer sobre los polígonos de viviendas fueron fundamentales. En la escuela de Arquitectura de Valladolid, Antonio Font empezó los cursos haciendo un programa para­lelo a éste, que todavía continúa. También ha influido en las escuelas de Arquitectura de Las Palmas, de La Coruña o de Porto.
En cuanto al resto, nos ha parecido mejor dejar el programa en su estructura y formato iniciales. Incluso la exclusiva revisión de la biblio­grafía habría llevado a una representación sesgada del propósito actual y a un producto completamente nuevo y diferente. Las ilustraciones son reflejo de las precariedades del momento en que se inició el programa y testimonio de las dificultades de información, cuando todavía no había libros, ni revistas, ni periódicos, ni novelas que hablasen de urbanismo en la forma en la que nosotros estábamos haciéndolo.

         Conservando su versión original, sólo ofrecemos un indice de ideas, temas y referencias sin explicar: es el programa de un curso. Pero en cambio espero que la estructura de guión permita al lector informado, o simplemente despierto, relacionar las referencias que le sean más cercanas, y entender rápidamente la idea y la actitud sin tener que leer demasiado.
También permitirá a algunos de los muchos arquitectos que en estos años han venido a nuestras clases y han seguido nuestros ejerci­cios, refrescar viejas ideas y situaciones y quizá -quién sabe- entenderlas mejor.

Laboratori d’Urbanisme
Barcelona, septiembre de 1991
Agradezco especialmente la ayuda a esta edición de Pascual Mas y Josep Parcerisa, profesores que últimamente han ampliado el programa, y la de Mishal Katz, coordinadora de las publicaciones del LUB.